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Shanghai es un destino hardcore y cosmopolita, contrastante, multitudinario y ruidoso. Es la estrella de la economía de mayor crecimiento en el mundo, con 24 millones de habitantes.
Su cantidad de rascacielos parece gritar que cuanto más grande, mejor, pero también uno puede perderse entre callejones con pequeñas galerías y cafés, mansiones antiguas de estilo francés y hoteles boutique de un refinamiento sin igual.
La cantidad y calidad de oferta cultural es consecuente con la meta del gobierno de instalar 100 museos en diez años. Museos y galerías de arquitectura de vanguardia u ocupando antiguos edificios, (incluso tanques de combustible de aeropuertos en desuso) son parte de la intensa agenda artística local.
Las áreas donde otrora vivían colonias británicas o francesas asoman al siglo XXI transformadas en centros peatonales comerciales o culturales vibrantes que contrastan en escala con la zona financiera más nueva.

Puede hacer un tour en bicicleta o viajar a 430km/h, en el Maglev, el tren de levitación magnética que recorre la distancia entre el aeropuerto y el centro.

Para disfrutar la vista de la ciudad, puede hacerlo desde tres de los rascacielos más altos del mundo, o tomando un aperitivo en el rooftop de alguno de los hoteles sobre el río.
Además, tiene la posibilidad de volver con trajes a medida realizados por sastres en pocos días a precios imposibles en otras latitudes, nuevas habilidades aprendidas en una clase de caligrafía china, o un poster de la revolución adquirido luego de un regateo en una tienda en el distrito de Xintiandi.